3 TAZAS DE TÉ

3 TAZAS DE TÉ

Al terminar la enseñanza media, me junté con dos amigos y decidimos hacer un viaje por el Mediterráneo Occidental. Corría el año 1969, y por las calles de Europa deambulaban muchísimos jóvenes buscando el sentido de la vida. Tomamos un tren hasta Nápoles, en el sur de Italia, y luego un ferry que nos dejó en Túnez a la mañana siguiente. Desde allí recorrimos la costa norteafricana haciendo autostop.

En cierta ocasión un vehículo nos dejó en el quinto pino. No había a la vista ninguna ciudad ni aldea. Al bajar el sol decidimos ir a la playa y pasar la noche sobre la cálida arena en nuestros sacos de dormir.

Temprano a la mañana siguiente, mientras empacábamos nuestras cosas para irnos, se acercó lentamente un hombre entrado en años. A poca distancia en la misma playa descubrí una chocita de paja que seguramente no habíamos visto la noche anterior por la densa oscuridad. El hombre, vestido con andrajos, llevaba una bandeja en la mano. «Será que nos quiere vender algo», pensé. Pero cuando se aproximó vi que nos traía tres tazas bien calientes de infusión de menta.

Aunque yo no era más que un muchacho de dieciocho años recién egresado de la secundaria, inmaduro y falto de experiencia, aquel gesto me conmovió. ¿Por qué razón aquel anciano, que probablemente a duras penas sobrevivía allí, se molestó en preparar agüita de menta para unos desconocidos? Él no tenía ni idea de quiénes éramos. Nunca nos había visto. No obstante, consideró que era su deber manifestarnos hospitalidad.

Agradecidos, nos bebimos aquella dulce infusión aromática mientras deliberábamos sobre cómo retribuirle la atención al anciano. Ofrecerle dinero habría sido un insulto, pero en nuestras mochilas encontramos unas latas de comida que le dimos en prenda de gratitud. No podíamos comunicarnos muy bien, pues él hablaba francés con dificultad, y nosotros peor aún. Así que después de darle las gracias nos despedimos y nos dirigimos otra vez a la carretera. Los tres nos quedamos bastante callados el resto de la mañana. No podíamos dejar de pensar en la bondad de aquel hombre y en la honda impresión que nos causó.

Siendo mucho más pobre que nosotros, había compartido gustosamente lo poco que tenía. Pese a que veníamos de otro país y hablábamos otro idioma, aquel gesto de consideración y generosidad salvó todas las diferencias.

2 Corintios 9:7 (NVI) Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría.

Hechos 20:35 (NVI) Con mi ejemplo les he mostrado que es preciso trabajar duro para ayudar a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir.” »

Lucas 6:38 (NVI) Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes.»