Aplacó mi sed

Aplacó mi sed

(Adaptación del capítulo 4 de San Juan)

Susana suspiró mientras se cubría su larga caballera negra. Tomando un cántaro vacío, se encaminó por el largo y polvoriento sendero que conducía al pozo comunal que había en las afueras de Sicar, la aldea samaritana donde vivía. Se acercó al pozo con cautela, pues vio a un desconocido sentado junto al mismo, que por su apariencia era judío.

Cuando el hombre le pidió que le diera un poco de agua, ella se sorprendió. Las tradiciones religiosas de los judíos les prohibían tener trato alguno con los samaritanos, a quienes consideraban inmundos.

—Eres judío, y yo samaritana —exclamó—. ¿Por qué me pides que te dé de beber?

—Si supieras quién soy —repuso el hombre—, serías tú la que me pediría agua.

Susana estaba desconcertada. ¿Cómo iba a sacar aquel hombre agua del pozo si no tenía con qué?

Su interlocutor le respondió con palabras que quedaron grabadas en su memoria de tanto que ellas las repasó, palabras que desde entonces han infundido esperanza a millones de personas.

—Todo aquel que beba de este pozo volverá a tener sed. En cambio, el que beba del agua que Yo le daré jamás volverá a tener sed. El agua que Yo doy proviene de la fuente de la vida eterna.

—Ya, pues, dame un sorbo de esa agua. Así no volveré a tener sed, y no tendré que venir a este pozo.

—Ve y trae a tu marido —le dijo el extraño.

Por un momento la mujer dudó. Luego bajando la vista le respondió:

—No tengo marido.

—Dices la verdad. Te has desposado cinco veces, y el hombre con el que vives actualmente no es tu marido.

Esta vez Susana quedó perpleja.

—Veo que eres profeta —señaló—. En ese caso, tal vez puedas aclararme algo. Mi pueblo siempre ha adorado en el monte Gerizim; pero los judíos afirman que Jerusalén es el único sitio donde se debe adorar.

Si bien la mujer no mencionó que 200 años antes un rey judío había destruido el templo de los samaritanos, seguramente lo tenía muy presente.

—Créeme —contestó el hombre—, llega la hora en que no se adorará al Padre ni en este monte ni en Jerusalén. Dios es Espíritu, y es preciso que quienes lo adoran lo hagan en espíritu y en verdad.

Ella se maravilló de aquella respuesta. ¿Dios era un Espíritu al que podía adorar en cualquier parte? ¿Significaba aquello que ni su raza, ni su religión, ni su sexo, su edad o su extracción social tenían importancia alguna? Le atrajo la idea de que el amor de Dios no excluyera a nadie, ni siquiera a ella.

Le surgió entonces otra pregunta:

—Sé que vendrá el Mesías, al que llaman el Cristo, y nos explicará todas las cosas.

El hombre la miró a los ojos. El pulso de la mujer se aceleró.

—¡Soy Yo!

Susana abrió los ojos como platos. Se le agolparon cantidad de pensamientos en la cabeza.

—¡Debo ir a contárselo a mis amigos y a mi familia! ¡Espérame aquí!

Susana volvió a Sicar a toda prisa, olvidándose de su cántaro aún vacío.

Ya había pasado el calor del mediodía, y la gente deambulaba por la plaza del mercado. Con inmenso entusiasmo les contó a todos los presentes su encuentro con aquel hombre y la conversación que había tenido con Él.

—¡Tiene que ser el Cristo! —exclamó—. Nunca me había visto y, sin embargo, me tenía identificada.

Susana regresó pronto al pozo al frente de una pequeña multitud. El extraño seguía ahí, aunque acompañado de varios hombres que le dijeron que se llamaba Jesús.

La gente, cautivada por lo que Él decía, no tardó en entrar en confianza con Él. Algunos invitaron a Jesús y a Sus compañeros a quedarse en su casa. A raíz de ello, Él estuvo dos días en Sicar explicando las Sagradas Escrituras.

Unos días después, Susana cruzó el pueblo con un cántaro lleno de agua. Aunque le pesaba mucho, caminaba con paso ligero. Todavía tenía que ir a buscar agua todos los días, pero ya no sentía un vacío por dentro.

Uno de los aldeanos al verla le dijo:

—Trataste de convencernos de que ese hombre, Jesús, era el Mesías prometido. Ahora lo creemos no solamente por lo que nos dijiste, sino porque lo oímos nosotros mismos y tenemos la certeza de que es el Salvador.

Susana sonrió y siguió caminando. No había sido la única que había descubierto el agua de vida aquel día.

Juan 7:38 (NVI) De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de agua viva.

Apocalipsis 22:17 (NVI) El Espíritu y la novia dicen: «¡Ven!»; y el que escuche diga: «¡Ven!» El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida.

Juan 6:51 (NVI) Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre. Este pan es mi carne, que daré para que el mundo viva.

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