COMER, ORAR Y PERMANECER JUNTOS

COMER, ORAR Y PERMANECER JUNTOS

En nuestra familia, no hace mucho, cada uno tenía un horario distinto, y eso no nos permitía comer juntos con mucha frecuencia. Me dio la sensación de que nos estábamos alejando unos de otros, sobre todo después de visitar a un amigo italiano que me enseñó lo bello que puede ser sentarse juntos a la mesa.

En un hogar italiano, una comida es un acontecimiento. No se trata de tomar un bocado a toda prisa; más bien es una ocasión de intercambiar anécdotas, charlar, debatir, expresar esperanzas y deseos. Y cuando te parece que la comida ya se ha terminado, te ponen delante otro plato delicioso. Casi sin darse uno cuenta, pasan dos horas, y tal vez hasta más. No es necesaria ninguna otra actividad de esparcimiento vespertino: la comida en sí es lo más destacado.

Tal vez no siempre tengamos ocasión de disfrutar de un banquete a la italiana. En todo caso, a pesar del ajetreo de la vida, seguramente podemos encontrar formas de disfrutar juntos de las comidas. Muchos trabajos de investigación dan cuenta de los beneficios de comer juntos en familia.

La oportunidad de conversar en la mesa contribuye a estrechar los lazos familiares, generar afecto, seguridad y un sentido de pertenencia. Una comida casera suele ser más alimenticia y menos costosa que la comida al paso. Los más jovencitos aprenden modales: pedir que les pasen la comida, no apoyar los codos en la mesa y comer lentamente son cosas que hacen que la experiencia resulte placentera. Al contar y escuchar relatos en la mesa se refuerzan también las aptitudes lingüísticas. Comer juntos también sirve para que cada persona del hogar adquiera mayor conciencia de lo que implica preparar una comida, lo que aporta buenos conocimientos culinarios a los niños temprano en la vida.

Cualquiera que sea la composición de tu hogar —aun si vives solo—, tomarse el debido tiempo para disfrutar de las comidas favorece la digestión y contribuye al bienestar emocional. Las comidas son también una ocasión ideal para orar por nuestras necesidades específicas y dar gracias a Dios por lo que ha hecho.

Mi visita a Italia me llevó a hacerme el firme propósito de convocar a las personas de nuestra familia a sentarse juntas a la mesa con la mayor frecuencia posible. No es solo cuestión de disfrutar de la comida, sino también de generar lazos perdurables de afecto, alegría y unión.