CREÍ QUE NADIE LO SABÍA

CREÍ QUE NADIE LO SABÍA

En un día gris y lluvioso, sentada frente a la ventana en una pequeña casa de ladrillo de Leicester (Inglaterra), estuve observando los riachuelos que formaba la lluvia sobre el cristal. Un amigo me había dejado su casa mientras él estaba de viaje. Yo me encontraba en la ciudad para atender a un ser querido en la fase terminal de su enfermedad. El viaje en autobús de la casa hasta el hospital, donde me pasaba la mayor parte de los días, tomaba media hora.

Había ahorrado para aquel viaje, tomándome dos semanas de permiso sin sueldo y dejándome unos días extra por si acaso necesitaba prolongar mi estancia hasta que llegara otro familiar a ocupar mi lugar. Sin embargo, las dos semanas ya se habían convertido en tres, y el otro pariente seguía sin llegar. Ya me estaba quedando sin dinero, y en mi fuero interno comenzó a preocuparme cuánto tiempo más iba a poder continuar con mi reducido presupuesto.

Esa noche llamé a mi amiga Miriam y le expliqué la situación.

—Iré enseguida —dijo—. Puedo tomarme una semana libre en el trabajo y encantada te acompañaré.

La noche siguiente recogí a Miriam en la terminal de autobuses. Diluviaba, pero yo estaba tan agradecida de verla que apenas me di cuenta. Su llegada fue una respuesta a mis oraciones. Tuve la impresión de que, con la presencia de mi amiga, Dios me estaba tendiendo los brazos, y lo mismo a mi familiar enfermo.

Ella no solo me ayudó económicamente —compró la comida para esos días y alquiló un auto, lo cual facilitó los trayectos de ida y vuelta al hospital y las pequeñas salidas con nuestro paciente—, sino que también me dio el apoyo moral que tanto necesitaba. Luego de presenciar el sufrimiento que se vive a diario en el pabellón de oncología, yo había tocado fondo emocionalmente.

—¿Cómo te podré pagar este favor? —le pregunté a Miriam cuando me despedí de ella con un abrazo.

—No te preocupes por eso. Estoy contenta de haber podido ayudarte.

Cuando pensaba que nadie era consciente de que me hallaba en una situación desesperada, Dios me demostró que Él sí lo sabía, tocando el corazón de una amiga que respondió y fue a rescatarme. Aquella experiencia me recordó cuánta bondad hay en muchas personas.

La próxima vez que Dios me indique que sea una samaritana para algún necesitado, sé que me sentiré más inspirada para responder a la llamada recordando lo que significó para mí la ayuda de Miriam.

Efesios 4:32 (NVI) Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.

Lucas 6:35 (NVI) Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados.

Proverbios 11:17 (NVI)
El que es bondadoso se beneficia a sí mismo;
el que es cruel, a sí mismo se perjudica.

Leave a Reply