DOTADOS DE LIBRE ALBEDRÍO

DOTADOS DE LIBRE ALBEDRÍO

¿Alguna vez has tenido que tomar una decisión importantepara la que necesitabas
orientación explícita y tuviste la impresión de que Dios te daba la callada por
respuesta, justo en el momento en que más te habría gustado que te diera una
contestación precisa? A mí me ha pasado, y fue una lucha espiritual. Cierta vez en
que me vi en una encrucijada, tenía muchas ganas de que el Señor me indicara
claramente el camino; sin embargo, Él sabiamente optó por no darme una respuesta
directa. Por consiguiente me tocó armarme de valor y hacer el tedioso esfuerzo de
estudiar las diferentes opciones, pedir consejo a personas respetuosas de Dios,
ponderar las puertas abiertas y oportunidades que se me presentaban, orar con
fervor y, sobre todo, encomendarle mis caminos. Tuve que confiar en que Él
allanaría mis sendas de la manera que mejor le pareciera.

Puestos que somos cristianos y estamos deseosos de glorificar a Dios en nuestra
vida, nos interesa aprender a tomar decisiones basadas en sanos principios.
Examinar diversas posibilidades, sopesar ventajas y desventajas, aprovechar la
sabiduría que nos ha dado Dios y medir situaciones con la vara de Su Palabra son
formas de amar a Dios con toda nuestra mente, corazón y alma, en obediencia al
primer y mayor mandamiento.

En parte, el estrés y la confusión que a menudo se apoderan de nosotros a la hora
de tomar una decisión se deben al temor al fracaso, a no dar con la voluntad de Dios
o a tomar una determinación que imprevisiblemente tenga un efecto negativo en
nosotros o en otras personas. Cuando se trata de una decisión importante que
definirá nuestro futuro —o por lo menos nuestro futuro inmediato—, la experiencia
nos enseña que a veces, por muy buenas intenciones y deseos que tengamos,
nuestras decisiones tienen consecuencias y desenlaces negativos que no nos queda
más remedio que aceptar.

Dado que Dios nos creó con libre albedrío, tenemos la capacidad de elegir con
independencia de criterio. Por lo mismo somos responsables de las decisiones que
tomemos y de los resultados de las mismas, y debemos hacernos cargo de las
consecuencias, por más que haya repercusiones negativas. Por otra parte, debemos
confiar en la promesa de Dios de hacer que todo redunde en bien para quienes lo
aman, sean cuales sean las consecuencias iniciales. Aun si hemos cometido errores
y parece que la hemos embarrado con las coordenadas de nuestras decisiones, Dios
puede corregir nuestro rumbo de manera que sea beneficioso y nos lleve al destino
final que Él ha dispuesto.

Las curvas inesperadas a lo largo del camino y los resultados no planeados son
parte de la vida, por muy prudentes que sean nuestras decisiones. En la Biblia se
ven muchas situaciones que tuvieron desenlaces distintos de los que la gente
esperaba o se había imaginado. Cuando Moisés partió hacia la Tierra Prometida,
probablemente no previó que andarían errantes por el desierto 40 años. Sin
embargo, no dudó que hubiera tomado una buena decisión ni perdió de vista su
destino final; siguió adelante pese a los obstáculos.

Aun cuando tomamos decisiones acertadas, no hay garantía de que todo en el
trayecto vaya a ir como una seda. Es habitual que sigamos topándonos con escollos
y contratiempos, los cuales son parte de la experiencia humana y en muchos casos
sirven para afirmarnos en la senda de la fe. Dios, nuestro Padre celestial, sabe que
aprender a tomar decisiones y responsabilizarnos de los resultados de las mismas
—con todas las enseñanzas que ello nos deja— contribuye a nuestro desarrollo y
crecimiento espiritual.

Si le encomendamos nuestros caminos y procuramos hacer lo que le agrada,
podemos tener confianza en nuestra relación con Él, y la seguridad de que nos
acompañará en cada decisión, grande o pequeña, que tomemos a lo largo de la vida.

«Que el Dios de paz […] los capacite con todo lo que necesiten para hacer Su
voluntad. Que Él produzca en ustedes, mediante el poder de Jesucristo, todo lo
bueno que a Él le agrada».