El abecé de la Sanación

El abecé de la Sanación

Durante muchísimo tiempo traté de entender el cómo, el cuándo y el porqué de las curaciones que obra Dios. Quería reducirlo todo a una fórmula sencilla y poder decir: «El que quiera curarse no tiene más que hacer esto y lo otro». Pero finalmente llegué a la conclusión de que no funciona así. Si dos personas siguieran el mismo procedimiento, es probable que a una le diera resultado y a la otra no.

No hay dos seres humanos que sean iguales en todo, y el Señor obra de forma muy disímil en la vida de cada uno, no sólo en lo que se refiere a la curación, sino también en cuanto a las circunstancias de cada uno, las lecciones que le enseña, las pruebas a las que lo somete y las bendiciones que le concede.

Eso nos permite comprender mejor por qué en unas ocasiones nos cura y en otras no, al menos no de inmediato.

Obra de la sabiduría divina

Tanto física como espiritualmente, cada uno de nosotros es un ser muy complejo. Nuestro Creador lo sabe todo sobre nosotros: discierne cada pensamiento, cada debilidad, cada alegría, cada necesidad que tenemos. Sabe las pruebas y tribulaciones que nos hace falta soportar para convertirnos en las personas que podemos llegar a ser, y nos las administra en las dosis exactas, nunca de más y nunca de menos. Lo mismo hace con nuestras enfermedades.

Dos personas pueden tener una misma dolencia; ambas pueden orar para recuperar la salud, pero una se cura al momento y la otra tarda años. ¿Quiere eso decir que una es espiritualmente más fuerte que la otra y tiene una relación más estrecha con el Señor? No necesariamente. Puede que las causas por las que Él permitió que se enfermaran sean muy dispares. Y si las causas son diferentes, también pueden serlo Sus motivos para curarlas o para no hacerlo.

Fe para curarse

Yo sufro desde hace más de 20 años de una grave enfermedad de la vista, presuntamente incurable; sin embargo, considero que tengo fe para curarme. Aunque me he ido recuperando parcialmente en los últimos años —mucho más de lo que los médicos me dijeron que sería posible—, no sé cuándo tendrá lugar mi curación completa. Sin embargo, no me cabe duda de que tarde o temprano se producirá. Si Dios no quiere sanarme ahora mismo, no me dará fe para una sanación inmediata. En todo caso, tengo fe en que me curaré algún día.

A Dios le confío mi vida, mi salud y mis ojos, pues tengo fe en Su amor y sé que Sus caminos y Sus pensamientos son más altos que los míos (Isaías 55:8,9). Estoy convencida de que me curará conforme a Su plan y Su cronograma, de que Él sabe lo que más me conviene y cuál será el momento oportuno para sanarme del todo. Para mí esa es la mejor fe que hay: reconocer que todo está en manos del Señor, confiar en que Él hará que todo salga conforme a Sus deseos y contar con que me ayudará a sobrellevar mi enfermedad hasta el día en que me cure.

En realidad no se trata únicamente de tener fe para curarse, sino también para aceptar los designios divinos, sean cuales sean para cada uno de nosotros. Tenemos que descubrir cómo se aplica a nuestro caso Romanos 8:28 y aceptar que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman». Cada vez que decidimos confiar en Él y no darnos por vencidos, a la larga salimos beneficiados.

Cuando Dios lo disponga

Puede que el Señor no juzgue oportuno sanarnos enseguida porque sabe que somos más receptivos a Sus enseñanzas cuando estamos enfermos. Si aún no ha llegado el momento de que nos sane, ¿cómo vamos a tener fe para curarnos? La fe es un don de Dios. Él no nos da fe para curarnos a menos que se disponga a hacerlo. En un caso así, lo que quiere es concedernos fe para soportar la dolencia y verla bajo un prisma positivo. Más adelante, cuando determine que es el momento oportuno para sanarnos, nos dará fe para ello.

Es posible que nos falte fe para curarnos, pero eso puede remediarse por medio de la Palabra, ya que la fe se edifica por medio de ella. O a lo mejor el Señor considera que todavía no ha llegado el momento de sanarnos porque quiere enseñarnos algunas cosas primero. O tal vez quiere ponernos como ejemplo para alguien. Cualquiera que sea el caso, actuar con fe verdadera es confiar en Dios y hacer lo que Él nos indique, por más que no recobremos la salud.

Haz lo que esté a tu alcance

Dios puede intervenir cuando estamos enfermos, restablecer nuestra salud, aliviar nuestra incomodidad y dolor, revertir los daños causados por una enfermedad e incluso eliminar la causa de ella. A veces opta por hacerlo sobrenaturalmente, como pueden atestiguar miles de personas, pero la mayoría de las veces se ciñe a las leyes naturales que Él mismo estableció y que espera que nosotros nos esforcemos por respetar. Es decir, cuenta con que nos alimentemos sanamente, hagamos ejercicio de manera adecuada y con relativa frecuencia, durmamos suficientes horas, minimicemos el estrés, prestemos atención a la higiene, tomemos precauciones para evitar accidentes y le demos a nuestro organismo lo que necesita para curarse cada vez que nos enfermamos. El Señor rara vez anula Sus leyes naturales para hacer algo que podríamos haber hecho por nuestra cuenta.

Por lo general, uno de los primeros pasos para curarnos es entender qué es lo que marcha mal en nuestro cuerpo y determinar la causa de la enfermedad. Empieza rezando. Pide a Dios que te indique cuáles pueden ser en tu caso las causas físicas o espirituales y qué puedes hacer por corregirlas. Un buen médico es un especialista en el diagnóstico de desórdenes físicos. Por ende, consultar a uno o varios médicos es muchas veces algo que podemos hacer por nosotros mismos. Eso no está reñido con la fe ni con el poder divino para sanarnos milagrosamente. Antes, tener una idea más clara de nuestra situación y nuestras opciones nos pone en mejores condiciones de comprender cuál pudiera ser la intención de Dios en nuestro caso, a fin de tomar decisiones con conocimiento de causa y canalizar nuestra fe y nuestras oraciones con arreglo a ello.

Consolación

Algo que ayuda mucho a sobrellevar los padecimientos físicos es saber que podemos acudir al Señor y esperar de Él palabras personales de amor, consuelo, aliento e instrucción. No tenemos por qué andar a tientas, sin saber lo que está haciendo en nuestra vida, o atormentados por interrogantes. Podemos orar y obtener Su ayuda por medio de mensajes personales que nos digan precisamente lo que necesitamos en ese momento. El Señor puede indicarnos el amoroso motivo por el que ha permitido que nos enfermemos y lo que quiere que hagamos al respecto, de qué forma podemos obtener curación. La fe se adquiere oyendo la Palabra, no sólo la Palabra escrita, la Biblia, sino también las palabras de aliento, guía e instrucción que Él nos dirige.

Él está deseoso de hablarnos. Quiere aliviarnos la carga y hacer que nos resulte más fácil sobrellevar nuestros padecimientos. Nos ama, y no nos dejará ser tentados más de lo que podemos resistir, sino que nos dará una salida (1 Corintios 10:13). En muchos casos la salida que nos ofrezca serán Sus palabras de consuelo y aliento, las cuales nos elevarán por encima de la tempestad y nos darán una perspectiva más luminosa.

A veces basta con un solo mensaje; pero cuando combatimos una enfermedad grave o crónica, puede que tengamos que recurrir a Él con frecuencia para escuchar más instrucciones y palabras de aliento que pueda tener para nosotros, pues hay que tomar en cuenta que las circunstancias pueden variar. Por otra parte, si no entendemos las palabras, promesas o explicaciones que nos da, basta con preguntarle. Él nunca se cansa de que le presentemos nuestros interrogantes. Se deleita en facilitarnos la vida; tanto es el amor que nos tiene. Si le permites que te hable al corazón en profecía, aliviará tus cargas y mitigará tu dolor.

Santiago 1:5 (NVI) Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie.

Santiago 3:17 (NVI) En cambio, la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera.

Efesios 5:15-17 (NVI) Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos. Por tanto, no sean insensatos, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor.

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