EL NILO ROJO

EL NILO ROJO

Cuando cumplí nueve años me regalaron un librito que enseñaba a pintar con acuarelas. Yo estaba entusiasmadísima y comencé a pasar ansiosamente las páginas. De repente se me cayó el alma a los pies: la primera cuarta parte del libro consistía en ejercicios tonales y descripciones de trazos y mezclas de colores. ¡Qué aburrido! Decepcionada, pasé a la siguiente sección, que daba consejos sobre pinceles y tipos de papel. «No necesito todo esto —pensé—. ¿Dónde está la parte entretenida?»

Avancé hasta la mitad del libro, donde me llamó la atención un cuadro de unas fresas. El producto final se veía prometedor, y las fotos instructivas que mostraban el proceso paso a paso parecían fáciles de seguir. Ahí sí se ponía interesante el libro. Mojé el pincel en el agua y me di a la tarea.

No tuve mayores dificultades con la base de amarillo limón para hacer los toques de luz en las fresas; pero cuando traté de aplicar el color naranja para los tonos medios, resultó que mi mezcla contenía demasiada agua y muy poca pintura. Nunca había mezclado acuarelas. No tenía ni idea de cómo se hacía.

El papel delgado de mala calidad sobre el que estaba pintando se resistía a absorber el rojo intenso para los tonos más oscuros y comenzó a deshacerse, sobresaturado por las abundantes capas de pintura acuosa a la que no había dado ocasión de secarse. Aquello más parecía un cuadro del río Nilo azotado por las plagas.

En un intento desesperado por salvar mi obra, quise pintar los sombreritos verdes de las frutillas; pero mi pincel era demasiado grueso y se escurrió pintura verde hacia el rojo, formando una grotesca laguna marrón. Para cuando logré limpiar aquel pegote, ya había decidido no volver a agarrar un pincel.

Sin embargo, a la mañana siguiente mi descorazonamiento había dado paso a una resolución: destinaría parte de mis ahorrillos a la compra de los útiles que necesitaba y me tomaría la molestia de estudiar y practicar. A la larga me di el gusto de pintar paisajes y bodegones, y hasta el cuadro de las fresas. Ahí me di cuenta de que toda la parte aburrida me había servido de base para lograr obras bien acabadas.

Con frecuencia ansío cumplir mis metas rápida y fácilmente y me desanimo o pierdo el entusiasmo cuando me topo con obstáculos y dificultades. Aún no he descubierto la pildorita mágica del éxito, pero la enseñanza que me dejó aquel Nilo rojo me recuerda que tengo que arremangarme y perseverar en los momentos tediosos, difíciles o desagradables. Es la única forma de plasmar unas fresas en un lienzo.

Filipenses 3:13-14 (NVI) Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.

Mateo 6:33 (NVI) Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.

1 Corintios 9:24-27 (NVI) ¿No saben que en una carrera todos los corredores compiten, pero sólo uno obtiene el premio? Corran, pues, de tal modo que lo obtengan. Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre. Así que yo no corro como quien no tiene meta; no lucho como quien da golpes al aire. Más bien, golpeo mi cuerpo y lo domino, no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo quede descalificado.

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