EL NOPAL

EL NOPAL

Paseando por un sendero de un bosque tropical que solemos visitar los domingos,
bajo el radiante sol matutino de África, descubro un magnífico nopal y me detengo a
mirarlo más de cerca. Tiene hojas gomosas, gruesas y ovaladas, de color verde
oscuro, con largas espinas. En contraste con su fiero aspecto general, de las puntas
de algunas hojas brotan tiernas flores. Sus variados matices y su intrincado diseño
las hacen deslumbrantes. ¡Cuánto se asemejan a la presencia de Jesús después de
un trecho espinoso del camino de la vida! Como una flor que se aparece en las
circunstancias más extrañas, Él me reafirma Su amor y atención.

Al tomar una curva nos encontramos con un tulipanero africano que estira sus
fuertes y frondosos brazos. Cada rama está coronada por una flor de un color rojo
encendido tirando a anaranjado, color que se suaviza con el fondo azul del cielo.
Cuando intensos peligros, enfermedades o conflictos me lanzan flechas ardientes,
Dios disipa cada temor, como el refrescante cielo azul que se extiende infinitamente.
La sensación de desasosiego desaparece al amparo de Su presencia.

Entonces llegamos a mi tramo preferido, cuando el sendero pasa bajo la sombra de
majestuosos bambúes. Sus anchos tallos se elevan y forman un arco verde que
protege del sol y de la lluvia. Jesús es mi protector y mi escudo. Cuando me
encuentro en un túnel, Él es la luz que brilla al final.

La sinuosa senda desciende entonces hacia un arroyo. Dado que no hay puente, los
agricultores del lugar han colocado dos troncos sobre el mismo. Mientras hago
equilibrios sobre los maderos, recuerdo que Jesús en Su Palabra nos ha dado
piedras de apoyo.

Una escarpada cuesta conduce a la carretera. Sudorosos y sin aliento llegamos a la
cima. Para ayudarme, mi compañero estira el brazo, me toma de la mano y me sube
a la última roca. Jesús oye todas nuestras oraciones y nos echa una mano por
medio de un amigo, de nuestro cónyuge o hasta de un desconocido.

En la cumbre del monte el aire nos refresca la frente húmeda, llenándonos
instantáneamente de energía. Se despliega ante nosotros un paisaje sobrecogedor,
con una cadena de montañas azules a lo lejos. Jesús es una brisa fresca que nos
proporciona alivio después de cada brega, que nos infunde esperanza y fuerzas para
seguir adelante.

Jesús es mi roca: fuerte, fiable, inconmovible, inalterable y eterno.