ENTRE EL BARRO Y EL PALACIO

ENTRE EL BARRO Y EL PALACIO

La vida no siempre nos sonríe tanto como nos gustaría. A veces debemos hacer frente a un cúmulo de experiencias difíciles de soportar. Cuando se ponen a prueba nuestra paciencia y nuestra fe, cuando nuestros intentos de obrar con acierto acaban cubiertos por el fango de los problemas y las dificultades, puede parecer imposible hallar sentido y valor a lo que hacemos.

En esas circunstancias resulta fácil pensar que nuestro día a día es tan penoso como caminar por un pozo de barro. Así y todo, podemos recuperar el ánimo y la motivación recordando que no estamos solos. El poder y el amor del Señor se hacen patentes tanto en los peores como en los mejores momentos. Surten efecto tanto en el barro como en el palacio.

Veamos el caso del apóstol Pablo, un hombre que muchos cristianos consideran un ejemplo de fe inquebrantable ante la persecución y los peligros. Sin embargo, aunque por lo general tuvo una actitud muy positiva, pasó por su cuota de experiencias en el barro, por así decirlo.

Después de su encuentro con Jesús y su consiguiente conversión en Damasco, Pablo se embarcó de lleno en una vida de discipulado. Antes que elogios, su entrega incondicional le acarreó la ira de sus antiguos colegas judíos, que contrataron a sicarios para asesinarlo a la salida de la ciudad. Tampoco confiaban en él sus nuevos hermanos en Cristo. La persecución que antes había dirigido contra los cristianos llevó a muchos a poner en duda la sinceridad de su conversión.

Para Pablo debió de ser muy difícil no sentirse fracasado luego que sus compañeros lo abandonaron y lo mandaron a Tarso, su ciudad natal. A pesar de todo, no se dio por vencido, y con el tiempo Dios envió a Bernabé con la idea de divulgar el Evangelio por Asia Menor y a la larga por todo el Imperio romano.

Es cierto que muchos grandes hombres de fe tuvieron momentos en que volaron alto, como José con el faraón, o Elías cuando pidió que cayera fuego del cielo, o Daniel en el foso de los leones; pero la mayor parte del tiempo estuvieron vadeando en el barro como todos los demás, porque ahí su fe podía fortalecerse y quedar claramente demostrada.

De un momento a otro José pasó de encontrarse en la cúspide del mundo a ser vendido como esclavo en una tierra extranjera. Gradualmente fue mejorando su situación hasta llegar a ser mayordomo en casa de una de las figuras más importantes de Egipto. Sin embargo, eso duró poco tiempo, pues víctima de la vengativa esposa del hombre para el que trabajaba, fue a parar a la cárcel por negarse a traicionar sus principios.
Seguramente él se consideró un desastre luego de semejante desenlace. Con todo y con eso, aprovechó los escasos recursos de que disponía para seguir adelante, por ejemplo interpretando sueños para otros desafortunados que como él habían acabado en el barro de la cárcel. Tuvo que esperar dos años hasta que finalmente lo liberaron y Dios lo catapultó al puesto que le había preparado como la segunda persona más influyente de Egipto.

Está luego el caso de Moisés. Dios permitió que lo criaran en la corte del faraón; sin embargo en su juventud, con toda su fuerza y aplomo, no estaba listo para ser el instrumento que Dios iba a utilizar para librar a Su pueblo. Dios tuvo que sumirlo en el barro de la tierra de Madián —en pleno desierto—, donde soportó 40 años de exilio hasta que Dios consideró oportuno llevar a cabo Su plan por medio de él.

¿Y qué de Jesús? ¡Sin duda pasó Sus momentos enel barro! Llegó a decir: «Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza».

Si alguna vez has pensado que las cosas te han salido tan mal en la vida que Dios ya no puede rescatarte, recuerda lo que dijo el rey David. Pese a haber hecho cosas terribles, sabía que el amor divino, que siempre lo había socorrido, no le iba a fallar.

«¿A dónde podría alejarme de Tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de Tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás Tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me estableciera en los extremos del mar, aun allí Tu mano me guiaría, ¡me sostendría Tu mano derecha! Y si dijera: “Que me oculten las tinieblas; que la luz se haga noche en torno mío”, ni las tinieblas serían oscuras para Ti, y aun la noche sería clara como el día. ¡Lo mismo son para Ti las tinieblas que la luz!»

Jesús obra de forma distinta en la vida de cada uno de nosotros porque no hay dos personas exactamente iguales. Todos los que fueron considerados grandes por Dios tuvieron un elemento en común: estaban resueltos a permanecer fieles aun cuando no entendieran los designios que Él tenía para ellos. Así pues, a despecho de lo que te deparen el presente y el futuro, recuerda que Dios ha prometido caminar siempre a tu lado, ya en un palacio, ya en el barro.

Hechos 7:29-30 (NVI)  Al oír esto, Moisés huyó a Madián; allí vivió como extranjero y tuvo dos hijos.
»Pasados cuarenta años, se le apareció un ángel en el desierto cercano al monte Sinaí, en las llamas de una zarza que ardía.

Mateo 8:20 (NVI) —Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos —le respondió Jesús—, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza.

Hechos 2:38 (NVI) —Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados —les contestó Pedro—, y recibirán el don del Espíritu Santo.

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