LA AVALANCHA

LA AVALANCHA

Víctor era carabinero —agente de policía en Chile— en el complejo aduanero de Los Libertadores, emplazado en la cordillera de los Andes, cerca de la frontera con Argentina. Como era especialista en tareas de rescate en alta montaña, por lo general lo asignaban a zonas de riesgo como esa. Le gustaban las montañas, pero extrañaba a su familia.

Era el 3 de julio, pleno invierno en América meridional. Fuera rugía una tormenta de nieve, con vientos de más de 100 kilómetros por hora. La temperatura era de 15° bajo cero, pero la sensación térmica era mucho menor. Víctor y las 57 personas del complejo estaban preparadas para pasar ahí la noche.

De pronto se oyó un estruendo. Eran las 20:38. Al principio no le llamó la atención, pues en Chile son frecuentes los temblores. No obstante, la sacudida fue cobrando fuerza. En ese momento se cortó la luz.

Segundos después, el techo colapsó. Víctor quedó atrapado entre una pared y un mueble grande. La temperatura descendió rápidamente. Lo asaltó la incertidumbre: ¿cómo saldría vivo de aquella situación?

Tal como averiguó más tarde, los fuertes vientos habían producido una avalancha en un cerro cercano. Como consecuencia, una montaña de nieve se había abatido sobre el complejo aduanero.

Víctor se las arregló para liberarse de los escombros que lo tenían atrapado y abrirse paso hasta la superficie a través de la nieve. Una vez allí, descubrió que los demás edificios también se habían derrumbado.

En ese momento escuchó el llanto de una niña. Escarbando encontró a una guagüita. Aunque solo llevaba puestos unos pañales y una camiseta, estaba ilesa. Enseguida Víctor la cobijó bajo su grueso uniforme de policía para que recibiera el calor de su pecho.
Tal como estaban, a la intemperie y a merced de las temperaturas extremas, era probable que de no recibir ayuda pronto todos murieran congelados. El único medio de comunicación de que disponían era una radio, pero había quedado muy dañada. Podían pasar días antes que alguien se enterara de la fatalidad. La única solución era que alguien se aventurara a ir caminando hasta el lugar habitado más próximo, un centro de esquí que había a dos kilómetros, para organizar desde allí una operación de rescate.

En condiciones normales, caminar un par de kilómetros por la nieve no presentaba para él la menor dificultad; pero en aquellas circunstancias —de noche, en plena tormenta, entre enormes bancos de nieve y llevando a cuestas a una niña pequeña— era casi como lanzarse a una muerte segura. Víctor pidió voluntarios para que lo acompañaran, pero nadie quiso ir. Partió solo, llevando a la bebita bajo su abrigo.

Logró encontrar unas raquetas de nieve, para evitar que se le hundieran los pies; pero una ventisca levantaba la nieve con tremenda fuerza. La mayor parte del trayecto no podía ver nada. Sabía a grandes rasgos en qué dirección quedaba el hotel; pero en aquella oscuridad y con tan escasa visibilidad, también era consciente de que podía pasarlo de largo sin darse cuenta.

Ocho horas después, Víctor llegó tambaleante al hotel.

Después de entregar la bebita al cuidado de otras personas, de darse una ducha caliente y comer algo, estaba listo para encabezar una de las tres unidades de rescate que se formaron para auxiliar a las otras víctimas. Gracias a ello, treinta y una personas se salvaron.

Cuando al cabo de varios meses Víctor me contó todo lo sucedido, me pareció que faltaba un importante detalle. Inquirí al respecto, pero me contestó con evasivas.

Al día siguiente su esposa me mostró un cuaderno con recortes de periódico que hablaban del alud e informaban que el presidente de Chile le había concedido una distinción en reconocimiento por su valor; pero ninguno aclaraba cómo había logrado encontrar el hotel en medio de la ventisca, en casi total oscuridad.

Finalmente logré convencer a su esposa para que me desvelara el secreto.

—Normalmente no le cuenta esto a nadie —me explicó—, porque cree que van a pensar que está loco.

Hizo una pausa, quizá sospechando que yo pudiera pensar lo mismo; luego continuó con su relato:
—Mientras caminaba en medio de la tormenta, de pronto a un lado se le apareció una luz semejante a una farola del alumbrado público. Lo sorprendente es que, a medida que avanzaba con dificultad por entre la nieve, la luz fue acompañándolo e iluminándole el camino, más a modo de foco que de luz de la calle. Víctor siguió aquella luz, la cual lo llevó directamente al hotel. En varias ocasiones durante el trayecto se hundió profundamente en la nieve y no podía salir. Pero en cada una de esas situaciones de apuro sintió que alguien lo tomaba por detrás, lo levantaba y lo encaminaba nuevamente.

»Y hubo algo más: la luz que lo guió no era una luz cualquiera. En vez de originarse de un foco, como sería de esperar, provenía del rostro de Jesús».

Mateo 26:52-54 (NVI) —Guarda tu espada —le dijo Jesús—, porque los que a hierro matan, a hierro mueren. ¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que así tiene que suceder?

Salmos 46:1 (NVI) Al director musical. De los hijos de Coré. Canción según alamot.
Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia.

Apocalipsis 13:8 (NVI) A la bestia la adorarán todos los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no han sido escritos en el libro de la vida, el libro del Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo.