LA DECISIÓN ACERTADA

LA DECISIÓN ACERTADA

El verano en que cumplí doce años, mi padre nos sorprendió a mi hermana menor y
a mí al anunciar que tenía un plan diferente para las vacaciones. En lugar de
planificarlas él, nos dio el dinero que había apartado y dejó que fuéramos nosotras
quienes decidiéramos qué hacer con él. Podíamos ahorrarlo, gastarlo como
quisiéramos o emplearlo para pasar cinco días de vacaciones junto a un lago.

Después de hablar un rato y orar, mi hermana y yo le dijimos que queríamos ir de
vacaciones al lago.

Justo después de tomar la decisión, sin embargo, me envolvieron unos nubarrones
de dudas. «¿Y si no he tomado la decisión acertada? ¿Sería preferible gastar el
dinero en otra cosa?»Sucedió entonces que una seria de tifones y emergencias
familiares nos obligaron a suspender nuestras vacaciones hasta el verano siguiente,
lo que no hizo sino inquietarme todavía más. «¿Será que no vale la pena?»

Cuando le conté a mi papá cómo me sentía, él me reconfortó y me explicó que,
aunque tenía libertad para cambiar de planes, era natural que una decisión trajera
consigo temores y dudas. «Que no estés del todo segura no significa que hayas
decidido mal», me dijo. Animada por sus palabras, decidí esperar y confiar en que
Dios lo resolvería todo en Su momento. Y así fue. ¡Al año siguiente pasamos unos
días estupendos en el lago!

Con todo, aquella experiencia me dejó más que lindos recuerdos: me enseñó
importantes principios que desde entonces me han ayudado muchas veces cuando
he tenido que tomar decisiones trascendentales en las que había mucho más en
juego.

Aprendí que prácticamente no hay decisión que esté exenta de riesgo, y que es
crucial atreverse a asumirlo para poder llegar a una decisión atinada. Tener dificultad
para tomar una decisión —y sentir inquietud y preocupación después de tomarla—
es algo natural. Una tempestad de emociones no es señal de que no debí haber
iniciado la travesía o de que mi nave se vaya a hundir. Dios es tanto mi ancla como
mi brújula. Puedo confiar en que no solo estabilizará mi navío, sino que además me
conducirá al perfecto destino que ha proyectado para mí, tal como promete Su
Palabra: «Reconócelo en todos tus caminos y Él hará derechas tus veredas».