LA MARATÓN

LA MARATÓN

Ya que estamos rodeado spor una enorme multitud de testigos de la vida de fe,
quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan
fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos
ha puesto por delante. Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que
inicia y perfecciona nuestra fe.

Hace meses que empecé a desviarme del camino que yo sabía que Dios me estaba
indicando que siguiera. Creo que me cansé del esfuerzo que exigía.

Ahora que lo pienso, no fue que me desvié, sino que paré de avanzar. En toda
carrera, detenerse es quedarse atrás. En mi interior me puse a cuestionar por qué
había decidido participar. Se me olvidó la emoción de correr, y solo atinaba a pensar
en el calor abrasador del asfalto.

Apenas me detuve para recobrar el aliento, y ahora el pelotón se ha adelantado y
perdido a lo lejos. Me he quedado muy rezagado. Sin embargo, percibo una fuerza a
mi lado. Es la voz de mi Entrenador, que siempre está conmigo y me alienta a pesar
de mi carácter débil. ¿Por qué se sigue preocupando de mí? ¿No se da cuenta de
que soy un perdedor, un pusilánime? Además están las promesas incumplidas que le
hice a Él y a otros: a los demás corredores, a los patrocinadores, a los fans, a los
amigos, a mi familia y a mí mismo.

Él me asegura que nada de eso importa; todo lo que me pide es que me olvide del
pasado, que no piense en los extenuantes kilómetros que me faltan y que me levante
y empiece a correr otra vez. Yo le digo que no puedo. No estoy en condiciones de
terminar la carrera. He recorrido unos 15 o 20 kilómetros y ¡ya me he tenido que
sentar! ¿Qué le hace pensar que puedo lograr el objetivo?

Él me dice que me infundirá fuerzas. Me da un vaso de agua fría para que la beba.
Sabe a gloria, y me doy cuenta de que dejé de tomar esa agua refrescante. Me
imaginé que no tenía tiempo para eso.

Él me dice que me marcará el paso para ayudarme a llegar a la meta.

—Pero no ganaré si no redoblo esfuerzos —replico.

Entonces me recuerda que estoy corriendo por algo más que un trofeo. No es para
vencer a los otros corredores. Corro por una causa: la de llevar mi bandera hasta la
meta. No me embarqué en esta carrera para darme por vencido.

El vaso de agua está vacío ahora. Me apagó la sed. Es hora de volver a la pista. Soy
consciente del tiempo que perdí sentado a la sombra de un árbol. Con todo y con
eso, algo dentro de mí me grita que me vuelva a sentar. La temperatura es 5 grados
más alta en la pista. ¿Me impedirá eso seguir adelante? «Soy un corredor nato», me
digo. Pero igual me cuesta empezar de nuevo. «No lo puedo defraudar», me repito
para tratar de convencerme. No obstante, la sombra me tiene atrapado.

Entonces oigo un murmullo llevado por la brisa que corre a mi alrededor. Me están
llamando… los campeones de otras carreras me están llamando desde la siguiente
curva. No, no me refiero a los que están de vacaciones sorbiendo sus cócteles
detrás de la valla. Esas voces proceden de la parte más alta de las gradas, de los
asientos reservados para antiguos corredores, que se merecen el honor y el
reconocimiento que se concede a quienes se sacrificaron e hicieron toda la carrera.

Me están llamando; no, miento, están gritando mi nombre, alentándome a correr.
—Corre con el viento —me dicen.

Llegó la hora. Mi corazón vuela, mas dudo una vez más. «¿Lo lograré?»

—Sí —me promete el Entrenador—, porque estoy aquí contigo y te guiaré paso a
paso hasta el final. No pienses en lo que te costará; concéntrate en la meta. Y sobre
todo, no te recrimines, porque a fin de cuentas lo que importa es no rendirse.

El primer paso es el más difícil, como siempre, pero de alguna manera lo logro. Creo
que a eso se refería cuando habló de «correr con perseverancia». Cada paso, por
alguna razón, me resulta más fácil que el anterior ahora que reanudé la marcha.
Creo que lo puedo lograr. Mejor dicho, que lo podemos lograr.

Un día examinarás tu vida en retrospectiva y te darás cuenta de que todo lo
realmente importante que conseguiste, en un principio puso a prueba tu capacidad. Y
así debe ser, ya que las grandes exigencias suelen preparar a gente común y
corriente para éxitos extraordinarios.

Toda dificultad surge por un motivo, ya sea como fuente de experiencia o como
enseñanza. Ninguna odisea es fácil, y ni un ápice de la adversidad que te encuentres
en el trayecto habrá sido una pérdida de tiempo si te sirve para aprender y crecer.
Angel Chernoff