LIZ

LIZ

Liz era la mejor amiga de mi madre. La conocía del club de tenis al que pertenecíamos y en cuya tienda de artículos deportivos trabajaba yo al salir del colegio y los fines de semana. Como ella conversaba conmigo de tú a tú, se había ganado mi estima.

Yo era un muchacho judío de clase media tímido y conservador; pero a fines de los años sesenta dejé los estudios y me convertí en un ardoroso hippie. Buscando el sentido de la vida, visité a todas las personas que habían influido en mí para bien. Naturalmente, Liz se contaba entre ellas. Sin previo aviso me presenté en su casa. Ella y su marido, un hombre corpulento y callado llamado John, recibieron sin prejuicios a aquel joven mal vestido de ojos desorbitados. Yo les expliqué mis extravagantes teorías e ideas locas. Si aquello los escandalizó, en ningún momento me lo dieron a entender.

A Dios gracias, aproximadamente un año después encontré lo que buscaba. Un buen amigo me contó que había aceptado a Jesús como su Salvador, y tras leer el Evangelio de Mateo yo hice lo mismo. A la postre decidí participar en un apostolado dirigido a jóvenes de Nueva Zelanda y Australia. Mientras me preparaba para esa misión, me enteré de que Liz padecía la enfermedad de Parkinson y se hallaba ya en el estadio final, con escasas esperanzas de vida. Mi madre y yo arreglamos para ir a verla.

Acostada en un diván, en presencia de su marido y su madre, Liz, que estaba muy débil, me preguntó qué había sido de mi vida desde la última vez que nos habíamos visto. Se asombró de que en tan poco tiempo yo hubiera experimentado tantas transformaciones: de chico de familia bien a hippie estrafalario, y luego a misionero con rumbo a tierras lejanas.

Antes de marcharnos, le pregunté si querría hacer una breve oración conmigo. Luego de lo que percibí como un largo silencio, respondió afirmativamente. Me arrodillé junto a ella, le tomé una mano y cerramos los ojos. Primero sentí la mano de mi madre unirse a las nuestras; luego la de la madre de Liz, y por último la de John. Todos repitieron una sencilla oración para invitar a Jesús a entrar a su corazón.

Liz vivió varios meses más. Durante ese período estuvo leyendo la Biblia con avidez y se llenó de alegría y de fe. Dado que era una artista de mucho talento, continuó pintando hasta el final. ¡Con la venta de algunos de sus últimos cuadros se pudieron establecer algunos centros para voluntarios que siguen funcionando hoy en día, después de más de 38 años!

El Cielo está poblado de personas que aceptaron la invitación que nos hace Jesús. Liz, ¡espero con ansias el día en que te vea allá!

Apocalipsis 21:4 (NVI) Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir.»

Juan 14:2 (NVI) En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar.

1 Corintios 2:9 (NVI)
Sin embargo, como está escrito:
«Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado,
ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman.»