LO MEJOR DEL CIELO

LO MEJOR DEL CIELO

Era verano en California. Yo tenía quince años, y el viernes era mi día preferido, pues era sinónimo de playa. Todas las semanas nuestro grupo juvenil montaba un espectáculo improvisado de canciones y representaciones teatrales en el paseo marítimo con el objeto de difundir el mensaje del amor de Dios entre los transeúntes.

Un viernes recibimos una donación importante de pan y bollos de una panadería de nuestra ciudad.

—Llevémoslo a la playa —sugirió alguien.
Cuando llegamos y anunciamos que dábamos pan y bollos gratis, un montón de personas necesitadas y de aspecto cansado se arremolinó a nuestro alrededor. La mayoría tomaron agradecidas lo que se les ofrecía, aunque dos se quejaron de que no había el tipo de pan que más les gustaba. Rechazaron lo que teníamos y se fueron murmurando con las manos vacías.

Más tarde se nos acercó una mujer joven que empujaba un cochecito de bebé doble, en el que llevaba no solamente dos niños, sino también unos cuantos bártulos que parecían ser todos sus bienes terrenales.

—Me dijeron que estaban regalando pan.
Su voz tenía un tono casi de desesperación, que reflejaba cómo debía de ser su vida. En el cochecito, un niño de unos dos años de ojos grandes lo observaba todo silenciosamente, mientras un bebé dormitaba a su lado.

Aunque llevaban ropa relativamente nueva, los enseres guardados en cada centímetro libre del cochecito daban a entender que la mujer no tenía dónde quedarse.

Junté en una bolsa lo que quedaba —unos bollos y un par de panes— y se la entregué. Sin siquiera mirar dentro para ver qué contenía, me dio las gracias profusamente.

Uno de mis amigos inició una conversación con la joven madre. Yo me volví para empezar a empacar, pero escuché lo suficiente para captar que le había dado la dirección de un albergue para mujeres y dinero para llegar allá. Me alegré de que ella se hubiera acercado a nosotros y hubiera recibido algo de ayuda, de esperanza. Pensé también en los dos que se habían marchado sin nada.

En dos ocasiones, Jesús dio de comer a miles de personas con apenas unos cuantos panes y peces. Cuando quisieron otra comida, Él les respondió: «Yo soy el pan que bajó del Cielo». Lo más preciado del Cielo se ofreció gratuitamente, para que quienes se atrevieran lo tomaran, lo degustaran y reconocieran lo que era. Sin embargo, la mayoría se marcharon vacíos.

El pan del Cielo se entrega gratis a todos los que lo buscan. Las veces en que me quedo insatisfecha son aquellas en las que no lo dejo entrar en mi corazón y llenar mi alma.

Gracias por estos alimentos.
¡Cómo nos llenan de contento!
Nos das salud, vida, alegría
y nuestro pan de cada día.
John Cennick (1718–1755)