MANTENER LA CALMA EN LA TORMENTA

MANTENER LA CALMA EN LA TORMENTA

Durante buena parte de mi vida he sido muy dado a preocuparme. Mi interpretación de la filosofía de «la eficacia de los pensamientos positivos» y de «mirar el lado bueno de las cosas» siempre fue: «Bah, eso son patrañas. Esos consejos son para cobardes. Yo soy realista. Cuando el camino se pone difícil, me preocupo, y con razón». No es que fuera pesimista, sino que me inquietaba cuando ocurría algo que escapaba a mi control. (Debo admitir que también me angustiaba bastante por cosas que sí controlaba.) No debería sorprender a nadie que con el tiempo, sin yo saberlo, se me formara una úlcera, que luego se agravó.

La primera vez que advertí los síntomas fue cuando estaba a punto de embarcarme en una expedición por mares ignotos que implicaba bastantes riesgos y estrés, a pesar de lo cual logré mi objetivo, si bien un poco chapuceramente. Aunque mi nave hacía agua, logré achicarla y continuar navegando.

Seguí en ese estado durante varios años hasta que en un momento dado los síntomas, en vez de reducirse y desaparecer por sí solos, se presentaron con más fuerza que nunca, y después se intensificaron todavía más. No lograba mantenerlos a raya como antes y empecé a perder peso rápidamente. Mi nave se hundía. El diagnóstico clínico fue que tenía una úlcera sangrante y una gastritis severa. El médico me recetó antibióticos y me dijo que tuviera cuidado con lo que comía. Al cabo de un tiempo en el dique seco, se reparó la avería, los síntomas desaparecieron, y me alegro de poder decir que la úlcera no me ha molestado en ocho años.

Sin embargo, no creo que habría llegado a buen puerto de haberme limitado a seguir los consejos del facultativo. El estado en que me encontraba me llevó a acudir también a Dios. Su mensaje fue claro y directo: «¡Marinero, manos a la obra! Tienes que aprender a manejar el estrés».

Aquí es donde la historia se pone interesante. Mi vida prosiguió sin grandes alteraciones. Todavía me asaltan las preocupaciones; pero en lugar de continuar como si tal cosa, me doy cuenta de que me estoy desviando de mi derrotero. Eso me lleva a corregir el rumbo por mi cuenta o a pedirle a mi mujer que ore por mí. Y da resultado. El primer paso fue aceptar que tenía que cambiar, que por mucho que modificara mi dieta e hiciera ejercicio, las altas dosis de preocupación y estrés serían igual de perjudiciales. Sería como tratar de navegar y hundir el barco al mismo tiempo.

Me viene a la memoria el relato de Juan 6 en que los discípulos estaban teniendo dificultades para cruzar a remo un lago, en medio de fuertes vientos y con el mar picado, y además en plena oscuridad. Viendo a Jesús caminar hacia ellos sobre el agua, se quedaron aterrorizados. Pero Él les dijo: «No tengan miedo, que soy Yo». Ellos entonces lo recibieron con gusto en la barca y enseguida arribaron a su destino.

Poco después Jesús dijo a Sus discípulos que les dejaría Su paz y los instó a no turbarse ni tener miedo. El apóstol Pablo dio a sus lectores la siguiente fórmula para lograr la paz interior: «No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que Él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús».

El propio Pablo estuvo sin duda mucho tiempo en cantidad de sitios estresantes, como mares tempestuosos y calabozos. En una ocasión escapó de la cárcel gracias a un terremoto; en otros casos tuvo que soportar adversidades durante largos días y noches. Eso sí, pasara lo que pasara, nunca terminó desconsolado. Dios siempre lo ayudó a salir adelante. Si bien lo que me sucedió a mí no fue tan angustioso y emocionante como lo que vivió él, ni mucho menos, he conocido la misma paz. Mi liberación de la aprensión crónica es prueba de que Jesús puede hacer lo mismo por cualquiera.

El estrés no es algo que nos suceda. Es nuestra reacción ante lo que sucede. Y esa reacción es optativa. Maureen Killoran

La verdad es que el estrés no proviene de tu jefe, tus hijos, tu cónyuge, los atascos de tránsito, los trastornos de salud u otras circunstancias, sino de los pensamientos que abrigas sobre esas circunstancias. Andrew Bernstein (n. 1949), escritor y filósofo estadounidense

¿Cómo nos liberamos del estrés? Yo creo que la palabra no es liberar, […] al contrario; creo que el tema es enfrentarlo. […] ¿Cómo lo hacemos? […] Estando conscientes, estando despiertos a ese guardia, a esa señora que pesa las manzanas, a ese niño que nos sonrió en la calle, a ese marido que hace rato que no le digo que lo quiero, a esa sensación emocional de estar con el corazón abierto. Si camináramos más con el corazón abierto… Pilar Sordo (n. 1965), sicóloga, conferencista y escritora chilena

No tiene sentido preocuparnos de lo que no controlamos, pues no hay nada que podamos hacer al respecto. Y ¿para qué preocuparnos de lo que sí controlamos? El hecho de preocuparnos nos mantiene inmovilizados. Wayne Dyer (n. 1940), escritor y conferencista motivacional estadounidense