NUESTRA CONSTANTE

NUESTRA CONSTANTE

Prácticamente todas las personas de mi edad con las que hablo coinciden en que el
mundo de hoy es muy distinto del que conocieron nuestros padres y abuelos. Lo
curioso es que esa sensación no es exclusiva de nuestra generación. «El incremento
de las enfermedades nerviosas está vinculado a las mayores exigencias que nos
impone la vida moderna», afirmaba un artículo publicado a fines del siglo xix. «Los
días de ensueño y serenidad desaparecieron —se lamentaba William Smith hace
cerca de 130 años—. En las prisas y el ajetreo de la vida moderna […] se echa en
falta la quietud y el reposo de la época en que nuestros antepasados, una vez
terminada la labor del día, se relajaban».

Amén de las continuas transformaciones que experimenta el mundo, nuestra vida
también pasa por fases que presentan sus obstáculos y oportunidades. Lidiamos con
situaciones estresantes y tomamos decisiones como mejor sabemos; aun así
estamos en ayunas sobre lo que nos deparará el porvenir. Un buen desempeño
hasta ahora tampoco es garantía de un éxito futuro. Eso nos puede llevar a pensar,
como los autores citados, que estaríamos mejor si pudiéramos ralentizar el reloj del
tiempo.

Cuando todo a nuestro alrededor parece volátil y nos invade la ansiedad y esa
sensación de extravío o de que la vida es una aventura aterradora por territorios
inexplorados, podemos apoyarnos en nuestro Dios inmutable. Él es constante. Es el
mismo hoy que cuando anduvo por la Tierra, y será el mismo mañana. «Por siempre
perdura el plan del Señor, generación tras generación Sus proyectos».

Aunque desconocemos lo que nos aguarda, venga lo que venga es imposible que
Dios nos abandone o que nos defraude cuando precisemos ayuda. «El Señor es mi
roca, mi baluarte y mi libertador […], mi escudo y el poder de mi salvación, mi altura
inexpugnable».