RASGONES Y REMIENDOS

RASGONES Y REMIENDOS

Cuando yo era niña, mi madre tenía siempre una pila de ropa para remendar junto a la máquina de coser. La mayor parte era mía y de mis hermanos. Los sábados por la mañana ella arreglaba pacientemente aquellas prendas. Tengo muchos recuerdos de cuando me sentaba a su lado y ella me enseñaba los rudimentos de la costura y a hacer vestidos para mis muñecas. Pero lo más importante que me enseñó fue un día en que me dijo: «La vida es como los remiendos que hago todas las semanas. Cuando algo sale mal, hay que repararlo; y si algo se rompe, hay que remendarlo, y así nos las vamos arreglando».

En efecto, con los años me fui dando cuenta de que la vida no siempre es como una prenda nueva. A veces se rasga, o se descose, o se cae un botón. Pero como me enseñó mi mamá, no queda otra que hacer un nuevo intento, o disculparse y tratar de enmendar el error que hemos cometido, y perdonar los ajenos, y ayudar a los demás a salir de sus líos.

Proverbios 27:6 dice: «Leales son las heridas que causa el que ama, pero falsos los besos del que aborrece». La primera vez que leí eso me quedé atónita. Pensaba que la amistad era decir solamente cosas positivas, y nunca criticar ni corregir a nadie. Pero me di cuenta de que podía beneficiarme de un buen regaño de alguien que sé que me quiere, de amigos bienintencionados, de mi marido, mis hermanos y hermanas y mis propios hijos ya adultos.
He aprendido que para madurar espiritualmente necesitamos aportes de aquí y de allá, y que debemos escuchar los buenos consejos y considerarlos con detenimiento en lugar de rechazarlos por orgullo. También podemos aconsejar a nuestros seres queridos para que no sigan por caminos que sabemos por experiencia que solamente los llevarán a la derrota y la desilusión.

Cuando vamos conduciendo es mucho más fácil ver las luces de los demás autos que las del nuestro. Lo mismo se aplica a nuestros defectos y debilidades. Los amigos fieles nos ayudan a tomar conciencia de esas cosas y mejorar. Así vamos madurando espiritualmente y nos convertimos más en lo que Dios sabe que somos capaces de ser. Además con el tiempo nos sentimos más felices y realizados, como cuando uno aprueba los exámenes en el colegio y pasa al siguiente curso.

Por eso, cuando algo te salga mal, no te hundas en la desesperación. Siempre se puede mejorar. A Dios le encanta darnos una segunda oportunidad. Lo importante es aprender de nuestros errores, pasar de curso y seguir adelante. Recuerda que cuando algo se rasga, normalmente puede remendarse.

Apocalipsis 3:11 – Vengo pronto. Aférrate a lo que tienes, para que nadie te quite la corona.

Romanos 16:17 – Les ruego, hermanos, que se cuiden de los que causan divisiones y dificultades, y van en contra de lo que a ustedes se les ha enseñado. Apártense de ellos.

1 Pedro 4:18 – «Si el justo a duras penas se salva, ¿qué será del impío y del pecador?»