UNA MAÑANA DE VOLUNTARIADO

UNA MAÑANA DE VOLUNTARIADO

En la víspera del Día de Acción de Gracias vi un artículo titulado «Operación Pavo». Una organización solicitaba la colaboración de voluntarios con el fin de preparar y empacar comidas para los desfavorecidos que de otro modo no disfrutarían de una estupenda cena de acción de gracias, de esas que a mí tanto me gustan: pavo, puré de papas, salsa de carne, relleno, gelatina de arándanos, arvejas y zanahorias, cazuela de habichuelas verdes, pastel de calabaza… Eso para empezar.

A la mañana siguiente fui tempranito, acompañada de una amiga, para ofrecer nuestra ayuda. Llegamos a un restaurante bien amplio que estaba atestado de voluntarios. Había una larga fila de autos para entrar en el estacionamiento y cientos de personas a la entrada aguardando a que les dieran instrucciones. No me esperaba algo así.

Se presentaron más de 1.500 voluntarios. No fue fácil encontrarle trabajo a cada uno. Así y todo, los organizadores —que también eran voluntarios— supieron delegar las tareas. Había equipos para cada uno de los aspectos de la cena de acción de gracias —deshuesando pavos, preparando puré de papas— y otros que ordenaban la ropa y los abrigos donados. Los niños pusieron su sello de cariño y alegría haciendo dibujos en todas las cajas de comida, que eran de espuma de poliestireno. Yo terminé dirigiendo el equipo de los pasteleros.

A media mañana, ya con los numerosos pasteles cortados y prácticamente servidos, me integré a una larga fila de personas que ponían la comida en las cajas. Cada voluntario tomaba una caja vacía, pasaba por los diversos puntos en que se servían los alimentos, cerraba la caja y se la dejaba al equipo de entregas. Como estuve en la fila un buen rato, trabé conversación con la señora que venía detrás de mí. Congeniamos de inmediato. Al final pasamos una hora o más hablando de nuestra vida y de nuestros viajes y familias.

En pocas horas se habían preparado, servido y empacado miles de cenas, y los conductores voluntarios salieron a entregárselas a los necesitados. Había mucho entusiasmo, se oía música y se respiraba un ambiente de camaradería. Después de la limpieza, poco a poco los voluntarios se fueron a su casa; lo mismo hicimos nosotras.

En el trayecto a casa mi amiga y yo nos contamos mutuamente cómo nos había ido. Pasamos cerca de un grupo de hombres sin hogar al lado de la carretera y vimos que tenían a su lado cajas de las que habíamos estado preparando. Hablamos de la gente con la que habíamos estado trabajando: un bombero, una señora que organizaba eventos de beneficencia como medio de ganarse la vida y que estaba allí colaborando para que todo saliera bien, parejas mayores que obviamente gozaban de buena situación económica, profesionales del rubro preocupados de que los voluntarios nos pusiéramos redecillas en la cabeza y otros tantos. Había personas de todos los estratos sociales, jóvenes y viejos, ricos y pobres. Todos dedicaron varias horas de un día festivo para celebrar lo afortunadas que eran.

Al día siguiente alguien me preguntó cómo había sido la experiencia. Lo más destacado que me vino a la cabeza fue conocer a aquella señora en la fila. Me alegro de haber charlado con ella, aunque debo admitir que fácilmente podría no haber ocurrido. Yo me sentía un poco fuera de lugar en esa fila. Algunas personas iban acompañadas de su familia o de un grupo de amigos, y conversaban mucho. En cambio, yo no conocía a nadie. No sé por qué, pero a veces me olvido de que las demás personas son iguales que yo. A veces me imagino que todos tienen la vida resuelta, son perfectamente felices, no tienen problemas, saben lo que quieren y tienen todos los amigos que les hacen falta. Ese día tuve en cuenta que por lo general eso no es cierto, y que todos —o digamos, casi todos— buscan a otras personas con quienes relacionarse, entablar amistad y posiblemente comunicarse a un nivel profundo.

La experiencia de ese día me sirvió de recordatorio de la importancia de tomar la iniciativa, de salir al encuentro de los demás, de entablar conversación, de dar a Jesús la oportunidad de poner a alguien en mi camino, alguien que necesite una amiga y a quien tal vez con el tiempo pueda transmitir mi fe. Si hago lo que puedo —algún esfuerzo, algún gesto, por pequeño que sea—, confío en que Él se servirá de mí con un buen fin, a pesar de mis limitaciones particulares.